EVANGELIO: EL PODER DE DIOS


EVANGELIO: EL PODER DE DIOS




“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.”
Romanos 1:16

Por qué creer en el evangelio de Jesús habiendo tantas opciones, existiendo tantas creencias y formas de espiritualidad, por qué aferrarse a una doctrina, a un modo, sin ser éste el único. Respondiendo por mí, puedo decir que no se trata de una creencia a nivel filosófico que pueda ser argumentada (habrá quien lo haga) donde sea las palabras sean lo único que valgan, el evangelio de Cristo es sobre el poder de Dios, un poder real que trata más de la experiencia que de una tradición.

A lo largo de mi vida —todavía muy corta, creo— he visto cómo se ha manifestado el poder de Dios en tantas formas que sería difícil enumerarlas. He visto vidas restauradas, que parecían no tener remedio, matrimonios rejuvenecidos, dinero aparecer en dónde no lo había, sanidad en enfermedades que aparentemente no tenían cura y hasta paralíticos levantarse de sus sillas de ruedas. Por ello, a estas alturas, difícilmente dudo de la efectividad de Dios y su palabra. Ahora, ¿cómo llega ese poder a nosotros?

“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”
Hechos 1:8

Lo maravilloso de su poder, es que nos ha sido delegado para emplearlo y disfrutarlo a través del Espíritu Santo. Podemos experimentarlo en carne propia, de cerca. Un poder que nos fue delegado, no por nuestras habilidades o buen comportamiento, sino por la bondad de Dios que ha sido inmensa para compartirnos un poco de lo mucho que él es. Y, ¿en qué consiste?

“Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades”
Lucas 9:1

 “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.”
Lucas 10:19

Un poder dado para expulsar demonios y sanar enfermedades en el nombre de Jesús, con autoridad sobre cualquier animal ponzoñoso, que no puede ser vencido por ninguna fuerza maligna porque nos ha sido prometido que nada nos dañará, un poder que da vida, y vida abundante —en lo económico, en lo físico, en lo emocional—. Solo hace falta creerlo, confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor, creyendo con nuestro corazón que fue resucitado de entre los muertos,[1] hace falta creer que él está ahí, listo para premiar a quien le busca.[2]

Mary Carmen Olague


[1] Romanos 10:9
[2] Hebreos 11:6

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