¿LEY DE LA SIEMBRA Y LA COSECHA O KARMA?


¿LEY DE LA SIEMBRA Y LA COSECHA O KARMA?

 
No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.
(Gálatas 6:7-8)

La lectura de este pasaje puede propiciar que se confundan la ley de la siembra y la cosecha con el karma, porque asimilamos que sembrar para el espíritu significa hacer cosas buenas y sembrar para la carne significa hacer cosas malas. Más o menos esa es la idea que tenemos de karma en occidente, que debemos hacer cosas buenas para que nos vaya bien, y que cuando hacemos algo malo, la vida se encarga de darnos el pago correspondiente.

Sin embargo, de manera muy breve quiero, quiero dejar las bases, para demostrar que la ley de la siembra y la cosecha no debe interpretarse como el karma. En primer lugar, porque, a pesar de que la idea occidental que tenemos del karma no parece mala, si uno se basa solo en ella puede alejarse Dios y de su gracia redentora.

¿Por qué? Muchos proclaman que no necesitan congregarse, ni orar, ni leer la Biblia o que incluso, ni siquiera necesitan de Dios, consideran que solo es necesario que se dediquen a hacer buenas obras y eso les será suficiente para que les vaya bien en la vida. Sin embargo, cuando entramos en el camino de la salvación y la bendición de Dios, la Biblia nos enseña que es únicamente por gracia

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas
(Efesios 2:8-10)

Nuestra entrada al cielo no depende de nuestras buenas obras ni de nuestro buen comportamiento, porque nuestra salvación fue consumada por la obra de Cristo en la cruz, fue un regalo de Dios y “no por obras de justicia que nosotros hayamos hecho” (Tito 3:5). Por su puesto, eso no significa que el cristiano salvado por gracia deba desentenderse de un buen comportamiento, finalmente, Efesios 2:10 nos dice que las buenas obras Dios las preparó de ante mano para que anduviésemos en ellas.

Significa que todo lo bueno que el creyente no proviene de sí mismo sino de Dios. De ese modo la gloria no es para los hombres sino que se queda a quien le pertenece, a nuestro Padre Celestial, el cual “pone en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Conforme pasamos más tiempo en la presencia de Dios, alimentándonos de su palabra es que se va produciendo ese cambio que nos lleva a hacer cosas buenas, pues él es quien nos hace aptos para toda buena obra (Hebreos 13:21).

Si ya has confesado a Jesús como tu Señor y Salvador, y, todavía no nace de ti ese deseo por hacer cosas buenas, significa que no has dedicado tiempo suficiente a sembrar la palabra de Dios en ti. Y es aquí el otro punto donde la ley de la siembra y la cosecha es más amplia y distinta que la idea occidental del karma. La Biblia nos enseña en el capítulo 13 del evangelio de Mateo, que la semilla es la palabra (Mateo 13:1-8 y 18-23). La cual solo fructifica en aquellos que oyen y entienden la palabra, en aquellos que no han dejado que la aflicción, la persecución ni el engaño de las riquezas la ahoguen.

Ahora, aquellos que oyen y entienden la palabra fructifican, pero, ¿de qué manera? Su fruto consiste en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22-23). Cualquier persona que se ha dedicado a sembrar la palabra de Dios en su corazón, como resultado fructificará en esas cualidades, y por consiguiente, será una buena persona a los ojos de los hombres (Claro, se trata de un proceso que lleva bastante tiempo y en el cual hay que permanecer).

Los que creen en el karma piensan que hacen buenas cosas y por consecuencia, cosas buenas les suceden. La ley de la siembra y la cosecha, vista a través de la Biblia, nos enseña que debemos sembrar en el Espíritu, no en buenas obras, y una vez que sembremos en lo espiritual, es decir, en la Palabra de Dios, como consecuencia, las buenas obras y el buen comportamiento vendrán. Es decir, en la primera corriente filosófica, las buenas obras son causa y consecuencia, en la doctrina bíblica, son únicamente consecuencia de haber sembrado espiritualmente en la Palabra de Dios.

Sin embargo, el pasaje de Gálatas con el cual abrimos, también nos dice que si sembramos para la carne, de ella segaremos corrupción. Porque efectivamente nuestro mal comportamiento trae consecuencias, de eso no nos podemos escapar, y tal vez, en eso, la ley de la siembra y la cosecha se parece al karma. Sin embargo, si no se tiene cuidado, este pasaje puede ser usado para condenación y para aceptar situaciones que no nos corresponden.

El pasaje de los dos cimientos (Mateo 7:24-29) nos enseña, que tanto a los justos como a los injustos les suceden adversidades en la vida, simplemente porque así es el mundo. Por lo tanto, no significa que cualquier cosa que estemos viviendo, aunque la veamos negativa, sea producto de una mala siembra que hayamos hecho en el pasado. Lo que este pasaje de Mateo nos enseña, es que aquellos cimentados en la roca, tenemos la capacidad de salir victoriosos de las dificultades, a diferencia de quienes han sido fundados en la arena.

Por el otro lado, también vivimos situaciones negativas provocadas por nosotros mismos, porque hemos dedicado tiempo a sembrar en la carne en vez de sembrar tiempo en el Espíritu. Pero para eso es el arrepentimiento, la palabra de Dios nos enseña que quien confiesa su pecado y se aparta recibe misericordia (Proverbios 28:13), es decir, quien cambia de rumbo para no seguir en lo mismo. También, en su misma palabra tenemos la herramienta para desarraigar todo aquello que hemos sembrado en la carne:

Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar.
(Jeremías 1:9-10)

Él ha puesto sus palabras en nuestra boca para que destruyamos y desarraiguemos todo lo que hemos sembrado que nos está estorbando y que, en cambio, nos dediquemos a edificar y plantar en su palabra. Por su puesto, este escrito no es una invitación a pecar, pensando que al fin y al cabo, si sembramos algo malo podemos desarraigarlo, porque muchas veces cuando no estamos fundados en la palabra nos percatamos de la mala siembra cuando ya está muy crecida y lleva mucho trabajo y esfuerzo desarraigarla. Además, ¿cómo puede fructificar una tierra en la que se le siembra mala hierba, se la desarraigue y luego se le deje crecer de nuevo?

La única forma en que podemos fructificar para demostrar amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, es sembrando la Palabra de Dios en nuestras vidas. Solo así podremos vernos genuinamente como buenas personas a los ojos de los demás (Aunque ya lo seamos en el espíritu). Dediquemos tiempo a sembrarla en nosotros para ver buenos resultados en vez de hacer caso a doctrinas, que, aunque son persuasivas y parecen piadosas (1 Timoteo 3:1-5; Colosenses 2:3-8), solo nos hacen creer que no necesitamos de Dios y que por nosotros mismos podemos ser buenas personas y obtener cosas buenas.

Mary Carmen Olague



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