EL PERDÓN (Colaboración de Liliana Méndez)



EL PERDÓN

(Colaboración de Liliana Méndez)


Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.
Santiago 5:16

El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos.
Proverbios 17:9

Generalmente, cuando hablamos de perdón, nos enfocamos en la conveniencia de sanar nuestra alma al perdonar cualquier ofensa, lo cual es necesario para el crecimiento espiritual. El perdón no solo libera de cargas que agobian, también da libertad para avanzar de un punto en la vida donde se estaba atorado por falta de perdón, ayuda a tener una visión más clara del futuro al quitar los ojos del pasado, así, al no estar removiendo los recuerdos el alma y el corazón pueden ser sanados, aún cuando esta sanidad lleva su tiempo según lo profundo de la herida.

Hay dos posturas cuando hablamos de perdón, como ofendido y como ofensor. El tema más recurrente es cuando yo fui ofendido y es cuando más me interesa, entonces me parece justo tomar mi tiempo para otorgarlo, ya sea porque quiero esperar una disculpa o incluso una revancha, en pocas palabras ponernos a mano; y puede pasarse la vida en espera de esa disculpa, cuanto más si la otra persona no se enteró que me ofendió, no le interesa que le perdone o ya no está. Por eso la importancia de entender que el perdón es una decisión, que si bien me ayudaría a sentir que le importo a la persona que me hirió cuando esta se disculpa, no es necesario para que yo pueda hacerlo. 

La postura es diferente cuando quien ofendió fui yo, generalmente cuando es el caso, se evita el tema debido a que la naturaleza humana busca justificar su comportamiento, casi siempre culpando a aquella persona a quien se hirió, diciendo que lo hice porque la otra persona se lo busco, lo cual podrá ser cierto muchas veces, sin embargo al justificar mi comportamiento ofensivo no tomo la responsabilidad de mis actos, que a final de cuentas no depende de nadie más que de mi mismo; a veces incluso se exige el perdón del ofendido como si fuera un derecho como ofensor, sin tomar en cuenta que la ofensa llevó de por medio una herida, la cual lleva su tiempo sanar y generalmente deja dañadas las relaciones interpersonales.

El perdón que doy sana mi interior, el perdón que recibo sana el interior de alguien más, y en ambos casos puede sanar una relación, dependiendo del interés que la relación tenga para mí es la medida que lo doy o busco recibirlo, la conciencia de esto marca mi madurez y mi deseo de una vida en libertad, una vida en unidad con las personas que me rodean.





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