JESÚS Y LA LEY: UNA CUESTIÓN DEL CORAZÓN

 JESÚS Y LA LEY: UNA CUESTIÓN DEL CORAZÓN

 

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En los últimos años se ha dado un resurgimiento de corrientes judaizantes que buscan imponer a los creyentes cristianos ritos, ceremonias y obligaciones que están en la ley judáica, principalmente contenida en los primeros cinco libros del viejo testamento. Esto no es nada nuevo, precisamente la carta que el apóstol Pablo escribió a los Gálatas es una exhortación para regresar al camino de la gracia. Incluso, el apóstol Pedro fue reprendido por intentar judaizar a los gentiles (Gálatas 2:14).

Argumentos bíblicos basados en el Nuevo Pacto en contra de la judaización hay muchos y dan para una larga serie de estudios profundos sobre el tema, lo cual no intento hacer aquí. Jesús vino a cumplir la ley (Mateo 5:17) para que pudiera quedar abrogada (Hebreos 7:18), de modo que ya no tiene ningún poder legal sobre los creyentes. Sin embargo, Jesús dejó unas enseñanzas basadas en la ley donde mostraba que lo importante, más allá de obedecer, es la actitud del corazón.

La ley, como su mismo nombre lo dice, tiene un carácter prohibitivo y coercitivo. Esto significa que el ser humano que se rige por ellas está obligado a comportarse de cierta manera o, de lo contrario, recibirá una sanción. Sin embargo, la ley es incapaz de cambiar el corazón humano y jamás sirvió para acercar a Dios con nadie. Por ello la Biblia dice que fue abolida por “su debilidad e ineficacia” porque “nada perfeccionó la ley” (Hebreos 7:18-19).

Cuando Jesús fue cuestionado por los fariseos porque ni él ni sus discípulos lavaban sus manos y los utensilios para comer como lo marcaba la ley, dio una profunda lección sobre la importancia de un corazón transformado conforme a la voluntad de Dios más allá de la ley (Mateo 15). En primer lugar, calificó de hipócritas a los fariseos, porque aparentemente cumplían la ley en cuanto a sus rituales, pero fallaban en los elementos más fundamentales como la honra a los padres. En segundo lugar, les enseñó que lo importante es lo que está dentro de nuestro corazón:

 

Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre.

(Mateo 15:18-20)

 

En el mismo sentido estuvieron varias de sus enseñanzas del “Sermón del Monte”. Por ejemplo, en cuanto a la ira, mencionó que cualquiera que cometiera asesinato sería declarado culpable en un juicio. Sin embargo, agregó que era lo mismo para aquel que se enojaba contra su hermano o lo insultaba (Mateo 5:21-22). Porque aquel que no guarda ira contra su hermano jamás podrá cometer homicidio.

Con el adulterio enseñó algo similar, pues dijo que la ley prohíbe el adulterio, pero que “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28). Pues aquel que no desea a otra mujer, jamás cometerá adulterio, pero aquel que sí la desea, si no saca ese deseo de su corazón, aunque por un momento sea fiel, terminará por adulterar porque no eliminó ese deseo de sí.

Después, en el mismo sermón del monte cambió el deseo de venganza marcado en la ley con el “ojo por ojo y diente por diente” (Mateo 5:38) por el perdón y la gracia. Es decir, por no cobrar la falta con aquel que la tiene con nosotros, e incluso, ir más lejos, dándole a aquel que nos ha ofendido.

Continuó su sermón con la limosna, la oración y el ayuno (Mateo 6), en resumen, indicó que la intención de estas prácticas no era el cumplimiento de un mandamiento, sino el acercarse a Dios, por ello no deben hacerse en público ni con presunción, sino en privado. Es decir, el sermón del monte en su conjunto tuvo como propósito enseñar que de nada sirve obedecer por cumplir si no hay una actitud correcta en el corazón.

Entonces, como se trata de una correcta actitud del corazón, por eso instituyó la regla de oro, que es, tratemos a los demás como queremos ser tratados (Mateo 7:12). Porque, la Palabra de Dios, más que de reglas a seguir, se trata de estar en conexión con Dios y de reflejar su amor hacia a los demás para tener una sana convivencia (entre otras cosas). Por ello, cuando los fariseos lo increparon en otra ocasión cuestionándole sobre el mayor mandamiento, Jesús les respondió que era amar a Dios con todo el corazón, alma y mente (Mateo 22:37), agregando que había un segundo mandamiento semejante: amar al prójimo como a uno mismo, que en eso se reducían la ley y los profetas (Mateo 22:39-40).

Por lo tanto, Jesús vino a traer una enseñanza que mostraba que no se trataba tanto de prohibir ni de cumplir solo por hacerlo, sino se tener un corazón dispuesto a buscarle y a estar bien con los demás. Lo cual solo logramos por medio del Espíritu Santo, pues solo a través de él podremos fructificar en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, cosas contras las cuales no hay ley (Gálatas 5:22-23), porque son el resultado de un corazón renovado del cual no pueden salir ni malos pensamientos, ni homicidios, ni adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, ni blasfemias.

¿Quieres estar bien con Dios y los demás? La clave no está en seguir ritos ni prohibiciones, sino en tener un corazón renovado conforme a la voluntad de Dios y eso solo lo podemos lograr aceptando el sacrificio y la resurrección de Cristo.

 

Mary Carmen Olague

 

 

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