EL MINISTERIO (No es carrera política ni profesional, es servicio)

 

EL MINISTERIO

(No es carrera política ni profesional, es servicio)



Vía: pngtree



La parábola de “Los obreros de la viña” (Mateo 20:1-16) habla de un hombre que contrató obreros temprano por la mañana a cambio de pagarles un denario por su jornada. A lo largo del día, conforme fueron pasando las horas, salía a la ciudad a contratar más gente desocupada. No todos trabajaron lo mismo, porque todos fueron contratados en diferentes horas del día. Al final de la jornada, cuando llegó el momento de pagar, se inició con los que trabajaron menos horas, y se les dio un denario. El mismo sueldo recibieron los que había trabajado desde más temprano, lo ocasionó protestas entre ellos porque consideraron injusto el arreglo. Sin embargo, al momento de la contratación se les había dicho cual era el sueldo y ellos lo aceptaron. Así que el dueño de la viña les hizo ver que se movían por envidia y les recordó que él podía hacer con lo suyo lo que quisiera. La parábola cierra con la siguiente frase:

 

Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.

Mateo 20:16

 

Si bien, esta parábola habla de la salvación, también puede ser aplicada al ministerio. El ministerio, sobre todo, para los que ya llevan más tiempo dedicándose a ello, puede ocupar tanto tiempo de la vida diaria que se convierte en una ocupación profesional, en el sentido de obtener una remuneración a cambio, lo cual es válido, ya que la Biblia lo respalda. Sin embargo, esto no significa que se maneje con la misma lógica que una carrera profesional o una política del mundo secular.

 

En el ministerio, los lugares y las recompensas no están asociadas con la cantidad de tiempo que una persona dedica a él, porque de lo contrario sería por obras y la gracia quedaría hecha de lado. Si bien, Dios es amplio en recompensar a quien invierte tiempo en su reino, no debemos olvidar que el trabajo ministerial no es una moneda de cambio en el mundo espiritual. Jesús es quien constituye los ministerios a su voluntad (Efesios 4:11) y los dones se dan como el Espíritu Santo quiere (1 Corintios 12:11).

 

A lo largo del tiempo conoceremos gente cristiana que aparentemente en menos tiempo de congregarse y de conocer a Dios destaque más que nosotros. Si aplicamos el principio de la parábola que acabamos de leer, eso es posible y nuestra reacción no debe ser ni envidiosa ni contenciosa. Dios reparte como mejor le parece, sólo él conoce lo que hay dentro de nuestros corazones y nuestra auténtica disposición de servir, más allá del tiempo que llevemos trabajando. Precisamente, si continuamos con la lectura de Mateo 20, unos versículos más adelante, nos damos cuenta que la parábola no quedó del todo clara para los ahí presentes:

 

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda

Mateo 20:20-21

 

¡Qué petición tan soberbia! Esta mujer quería que sus hijos estuvieran por encima de todos los demás en el reino de Dios. Como era de esperarse, Jesús no lo aplaudió e incluso se los negó. El resto de los presentes se molestaron por esta petición, como era de esperarse. Así que Jesús aprovechó la oportunidad para reforzar lo que ya había enseñado con la parábola de la viña:

 

Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mateo 20:25-28

 

Efectivamente, en la vida terrenal y secular, estamos acostumbrados a que existan jerarquías entre las personas y que quienes se encuentran en mayor y mejor posición, se glorían de ello menospreciando a los que tienen por debajo. Esa es la lógica del mundo político y de muchos ámbitos profesionales. Pero no debe ser el modus operandi del reino de Dios. En él, Dios recompensa al humilde, al que se constituye siervo de los demás, al que no busca estar en los primeros lugares, sino a quien da su vida por los demás.

 

La naturaleza humana, la que no ha sido renovada, tiene una obsesión por brillar, por destacar, por estar en los primeros lugares, por obtener reconocimiento incluso, a costa de los demás. No debemos olvidar que esa actitud es diabólica, porque fue la que llevó a satanás a la caída. En el reino de Dios no se trata de quien está más adelante ni de quién brilla más. Se trata de estar dispuestos a servir a Dios y a los demás, aun si no somos vistos por nadie.

 

Quien se afana por conseguir los primeros lugares no ha entendido cómo funciona la gracia de Dios. Él sabe recompensar a quien sirve de corazón. Si buscamos reconocimiento humano hay otras actividades para ello, como el arte y el deporte, más en el ministerio no debe ser así. Somos servidores de los demás, estamos para dar nuestra vida por otros como lo hizo Jesús y, si Dios nos coloca en un lugar visible, no es para ensoberbecernos, sino para testificar del poder divino.

 

Si haces las cosas para ser visto, no obtendrás recompensa de parte de Dios. Si te nace dar, hazlo sin que nadie sepa y entonces el Señor se encargará de recompensarte en lo público, sin que tú seas quien promueva los créditos (Mateo 6:1-4). Lo mismo enseñó Dios sobre el ayuno (Mateo 6:16-18) y sobre la oración:

 

Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

Mateo 6:5-6

 

Las recompensas de parte de Dios se obtienen en la intimidad. Porque Dios evalúa lo que hay en nuestros corazones y nos va promoviendo conforme al tiempo que pasemos en su presencia, lejos de las miradas externas. No busquemos lo que viene por añadidura. En la Iglesia y en el ministerio no estamos para buscar un crecimiento en títulos o en grados como si se tratara de una carrera profesional, estamos para servirnos unos a otros en el lugar que Dios nos ponga, ya sea a vista de todos o en absoluto secreto.


Mary Carmen Olague

 



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